viernes, 1 de julio de 2011

Barcelona refugio de mi alma


No encuentro adjetivo que califique justamente a esta ciudad, me referiré a ella como el refugio de mi alma.
Barcelona es de esas ciudades que descubres y redescubres una y otra vez , vas notando la diferencia en cada balcón, en sus calles, las personas, cada cambio de estación, su lengua, su literatura. Barcelona se transforma palmo a palmo como la Sagrada Familia, se renueva día a día y se plasma como un mosaico gaudiano en nuestra memoria, como un caleidoscopio infinito de colores y formas.
Paseo de Gracia, entre Gran Via y Caspe, en la terraza de Tapa Tapa, con un café tallat en la mano y un libro de Garcia Márquez en la otra, fingiendo estar bien aunque de momento mis quimeras invaden y se roban abruptamente mi serotonina.
Veo de reojo mi taza de café, con ese corazón medio dibujado con la mezcla del jarabe de café y la espuma de leche descremada y ruego a Dios porque los baristas de San Salvador hayan ganado el concurso mundial para que ya dejen de saludar con sombrero ajeno los europeos y su café aromatizado con el mío.
El clima me juega de nuevo otra de sus bromas, hace frio para esta ciudadana tropical; mientras veo pasar a las mujeres anaranjadas por los falsos bronceados y con botas tex mex y su bufanda que forma los nudos más extraordinarios que he visto, estas catalanas son eruditas del foulard.
Mientras tanto La Vanguardia hoy hablaba del calentamiento global y siguen cabreados con Mourinho.
Barcelona es un amasijo de culturas que desfilan por las calles, pero a los propios los sabes reconocer cuando llevas más de 25 veces entrando por los tunels de Vallvidrera, cuando has recorrido toda la ruta de Gaudi, cuando piensas que morirás sin ver terminada la Sagrada Familia, distingues a los carteristas de la rambla, no te admiras por los colores de las frutas del mercado de la Boqueria, tomas un Suizo con enzaimada en la calle Petrixol, cuando sabes que la horchata es solo para el verano, cuando has llorado de amor en el parc Guell o eres capaz de no sorprenderte con el precio de las flores en Navarro o pintar las de las ramblas y que decir cuando abres la boca ante la Catedral de Santa Maria del Mar, si ya leíste la novela y te regalaron las de Ruiz Zafón un 30 de diciembre cuando la Marta Prats te invita a pasar la tarde entre la muchedumbre, refugiándote en el silencio de la iglesia de Santa Ana o a un café entre los estantes de la biblioteca del Ateneo y de paso dejar tirada la bufanda en el Corte Ingles de la Plaza Cataluña.
Reconocer el calor de su gente cuando ya tienes amigos, te esperan, te abrazan y te dicen te quiero tia.
Como puedo dejar de quererte Barcelona, si me has dado abrigo y cobija cada vez que te lo pido, si me pones a los pies la alfombra ámbar y grana de tus otoños, los colores de las flores de las Ramblas, las hojas de los arboles danzando con el viento. Si a pesar de todo has sido benevolente conmigo dándome lo mejor de tus viñedos, de tus prados, de tu mediterráneo.
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