sábado, 31 de enero de 2009

Catársis en el Avila

Después de dos días de papeles, surgió el milagro, conocer el Ávila. Fueron más de cuatro llegadas a Maiquetia y conocer no más que la carretera al aeropuerto, La Avenida Libertador, una pasada por el Hatio y la Avenida las Mercedes, por no querer mencionar en este grupo a la Isla Margarita que siendo venezolana me pareció un país aparte, de una belleza excepcional. Por fin conocí el tan ansiado Cerro del Ávila.
Poco a poco la ciudad, el tráfico, los ranchos, la gente enfadada, las bocinas, intolerancia, los precios por las nubes, la presencia del presidente por doquier, y la inconformidad de mucha gente se fueron disolviendo, metro a metro la ciudad se fue alejando, perdiéndose entre la niebla, surgiendo el olor a montaña. La cota mil me marco la diferencia entre el ser y no ser, entre el existir y no existir, el verdor, la frescura, la niebla, la llovizna, se fueron apoderando del entorno convirtiendo el ascenso en una experiencia catártica. Una estrecha calle empinada y curvilínea marcaba con sus meandros la llegada al cielo.
La montaña limita al mar con la ciudad y ofrece un escenario magnifico y delicioso para los Ojos, los oídos, el olfato, el tacto, la piel se siente viva.
Llegamos en compañía de Gracia y Ramon y su simpatico conductor, Jose, a la Hacienda Vieja, una posada Restaurante situada en la zona de San Antonio Galipan, una comunidad dedicada al cultivo de las flores, las jaleas, las conservas y el licor de Mora. Alli nos Esperaba Ernesto, viejo amigo de la guardia de las motocicletas quien tuvo la deferencia de dejar sus construcciones para subir al Ávila y departir con nosotros. La entrada a La Hacienda daba la bienvenida con los restos del antiguo casco de dicho lugar, paredes gruesas hechas de adobe y ladrillo. La antigua Hacienda, dedicada al cultivo del Café y propiedad del Marques del Toro, quien era Venezolano con un titulo comprado que lo convirtió en ilustre marques, pero que tuvo la visión de empotrar este casco en la cima del cerro con un escenario magnifico al frente una montaña con un farallón impactante y el mar de fondo el cual con la niebla se podría describir como un cuadro de los mejores de la escuela impresionista, Pintado allí, quieto con las olas desdibujadas, imprecisas serenisimas y alertas, y nueve barcos cargueros quietos, tan bien puestos, esperando con sus anclas ser llamados al puerto. Al principio el escenario no quería dejar ver la obra maestra, una cortina de nubes espesa dejaba incrédula mi psiquis, no era posible tal descripción detrás de este telón, como una de esas obras que al dejarse ver te ponde pie, apaludes y dices ¡Bravo¡ una obra del gran Maestro¡
El menú de la hacienda espectacular, elaborado por el dueño de la cocina El chef, Valdés, de origen dominicano y con una pasión por la cocina con la cual me deleité sin recato. Un lomo de cerdo con salsa de piña, una salsa suave, delicada, aterciopelada que acariciaba mi paladar y la cual disfrute después de un mes de austeridad culinaria. Fue gratificante deleitar su arte culinario y conocer de sus propias palabras sus orígenes en la cocina.
La buena compañía, un buen vino, un clima liberador y mi afán de ser viajera de conocer el corazón de las tierras lejanas, las raíces, los corazones de la gente. Todo esto unido al recuerdo de los amigos, de la familia, las ganas de volver, hacen de este sitio una experiencia realmente liberadora.
Dios te conserve hermosa montaña, espera por mi hasta la próxima vez
Caracas, 30 enero de 2009

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